Tengo unos tres años, que es aproximadamente cuando dejé de dormir profundamente. Recuerdo despertarme en mitad de la noche, en medio de una oscuridad extrema, en el viejo cuarto de mi tío Ramón. Me asusto porque no sé dónde estoy y me levanto de un salto. Tanteo la negrura infinita ante mí y tropiezo con la silla y la maleta que, veintisiete años más tarde, sigue en medio, indistintamente de cuál sea la habitación en la que duermo.

Ahora tengo ocho años. Es Navidad. El calor en el piso es sofocante, aunque no sé todavía qué significa esa palabra, pero es lo que siempre dice papá cuando vamos a ver a los yayos. «Sofocante». Lo cierto es que marca más de treinta grados dentro de casa. En el comedor hay una pila de regalos. Busco los que llevan mi nombre y miro de reojo los de Jonás y Víctor. Agito algunos tratando de adivinar lo que son, pero me pongo nervioso enseguida y los dejo donde están. Aspiro el olor a cera del parqué y voy corriendo a la habitación de los yayos. Me meto en su cama y me acurruco entre los dos. Me abrazo a Yaya, que me da muchos besos. Me gusta. Hoy será un gran día.

La semana que viene cumplo quince. Me han expulsado diez días del colegio por una pelea; yo prefiero llamarlo lucha de clases. He conseguido que papá y mamá me dejen ir a Huesca. Me arrepiento. Todo el día suena de fondo el traqueteo de la máquina de coser de Yaya y las maldiciones de Yayo mientras ve los distintos programas de TV. Solo me he traído un libro, que me terminé en el autobús de ida.

Estoy leyendo una biografía de Franco y Yayo me comenta orgulloso que él lo vio una vez en persona cuando era pequeño. Pienso que está haciéndose viejo. Yaya pronto empezará a preparar la comida. Me escondo en el baño y me masturbo con la contraportada de la revista Pronto.

De pronto, y sin saber cómo, vuelvo a tener siete años. Desconozco el motivo, pero hace ya un tiempo que solo me muevo corriendo, a todas partes, siempre. Por eso ahora estoy esprintando por el larguísimo pasillo, pasando la palma de la mano por todo el gotelé blanco de la pared. A la altura de la cocina, Yaya saca la cabeza y me amenaza con la zapatilla.

—¡Tienes las manos sucias!

Me agacho y esquivo el golpe para lanzarme sobre las rodillas y entrar al comedor celebrando el gol igual que Torres en la final de la Eurocopa. Yayo está haciendo crucigramas y me riñe desde el sillón sin mirarme. Voy hasta la cortina y me enrollo y desenrollo en menos de diez segundos. Me tumbo en el suelo, doy dos vueltas sobre mí mismo y le doy un golpe a la mesa de cristal, que vibra y hace un ruido muy raro. Meto los pies entre los huecos del radiador de debajo de las ventanas del balcón y, antes de que Yayo se haya terminado de levantar para echarme la zarpa, yo ya estoy esprintando de vuelta por el pasillo, esquivando de nuevo la zapatilla, perdiendo el equilibrio, chocando y reventando el jarrón chino que tantas veces me han advertido que no debo tocar. Hay gritos y bronca; también sangre. Me quedo mudo.

No lloro.

Hoy cumplo veinticinco. Yaya se muere, por fin. Tres años sufriendo. Ella no es consciente, o si, no sé. Reza mucho últimamente; yo, casi. Anteayer se despertó de la siesta y me preguntó si ya había resucitado.

Mamá ha hecho paella. Yaya se ha levantado y se ha comido dos platos. Yo estoy alucinando. Sus órganos están muertos. Los de paliativos no son capaces de explicar cómo sigue viva. Buena genética, dicen. Cáncer de páncreas; sí, genética privilegiada.

Yaya dice que no quiere que le dé besos, que me contagiará el cáncer. Le explico que eso es una tontería, pero no me deja. Aprovecho cuando los parches de fentanilo hacen su efecto y le beso la cara, la frente y las manos. Me meto con ella en la cama, como cuando tenía ocho años. Es el último día que se levanta, el último día que la voy a ver. Hoy me he hecho mayor. Lloro muchísimo.

Tengo cinco años. Estamos Víctor, Jonás y yo con los yayos en el sofá del cuarto de estar. Hay que hacerse las fotos. A los bebés les está costando dejar de llorar. Yo me distraigo mirando el haz de luz que se cuela por la ventana, donde se reflejan las motitas infinitas de polvo. Agito mis manos en el aire y me maravillo de cómo las motas enloquecen por toda la habitación . Trato de cogerlas y atraparlas. Es una batalla perdida, la misma derrota que se obtiene contra el paso del tiempo.

Motas de polvo somos y al polvo volvemos.

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