Soy incapaz de leer en casa, últimamente las paredes me agobian, el sofá me es incómodo, y cualquier otra cosa me parece más estimulante que sentarme y avanzar con alguna de las lecturas que tengo empezadas. Mala señal, si tengo varios libros empezados es que no estoy leyendo realmente, de hecho y siendo sincero hace un año que únicamente leo de verdad en tres sitios, ordenados de menor a mayor cantidad de horas de la siguiente forma; el primero es en el tren que me lleva diez veces al mes ida y vuelta en el trayecto Lleida-Barcelona.

Viajar en tren, salvo contadas ocasiones (videollamadas sin auriculares o niños lloricas, lo cual despierta en mí un instinto asesino desconocido), siempre me ha encantado, el traqueteo de las vías, ya sean regionales o de alta velocidad, la imagen borrosa del azul frenético del mar pasando a 300 km/h junto a mi mejilla pegada a la ventana, me ha sumergido siempre en una especie de trance. En ese trance consigo relajarme lo suficiente como para lograr concentrarme, esa es la clave de todo, de todo en mi vida, la concentración tan solo me alcanza cuando logro bajar las pulsaciones, solo entonces se echan a dormir las cosquillas que viven dentro de mi cabeza. Cosa que ocurre de una forma habitual y extraña cuando viajo.

El segundo lugar en el que logro una sensación similar que me permite concentrarme y leer son las terrazas, muy concretamente la terraza de La Cova, donde tantos pedos me he pillado y que ha sido refugio de tantas clases piladas durante la universidad. No es que no pueda hacerlo en cualquier terraza sino que, como soy un vago y esta queda a cinco minutos de mi cama, puedo bajar sin haberme siquiera peinado.

En este caso lo importante es el Sol, el calorcillo me calma, me adormece como una lagartija y produce en mí un efecto calmante similar al de la red ferroviaria española, esto es únicamente por las mañanas, es cuando soy capaz de estar tres horas largas en esa terraza rodeado de postadolescentes y universitarios, berreando y riendo, como es al aire libre, en esa situación no me molesta el ruido, pienso en lo importante que es el contexto, para mí un tren debe ser un sitio silencioso, un bar uno bullicioso, lo contrario me incomoda, a veces me gustan las cosas rectas, como Dios manda, curioso, muy curioso.

Efectivamente y regresando de nuevo a lo que estaba diciendo (las cosquillas de la cabeza también aparecen a veces al escribir), me pego por lo menos dos mañanas enteras a la semana concentrado en la lectura sin parar excepto para ir pidiéndole cafés a Dani. Si tengo un mal día le pido cervezas, ahí ya sí que se me complica un poco el asunto, pero bueno c’est la vie…

El tercer lugar y el sitio donde más leo es en el trabajo. Siempre digo con recochineo hacia mis amigos que pareciera que me paguen por leer, ellos responden con insultos y tratan de estrujar y empequeñecer mi ego, pero no pasa nada, yo trato de entender a todo el mundo.

Obviamente el secreto de mis largas horas de lectura en este tercer escenario, reside en el hecho de que estoy total y absolutamente en contra de cualquier tipo de trabajo, el dedicar mis horas supuestamente productivas a leer, me da una motivación y me provoca un placer del cual sería obsceno presentar una metáfora. Es lo bueno de este trabajo, está bien hecho si no ocurre nada y si no ocurre nada, uno puede invertir su tiempo en otras cosas, lógico.

Algunos ven series, o películas, los más veteranos duermen y beben cerveza a escondidas, hay que recordar, que en este maravilloso entorno laboral conviven ancianos polla vieja que echan de menos a Franco con gente joven que canaliza sus problemas mentales a través de la hipertrofia muscular y el conteo de calorías y proteínas (todavía no distingo una cosa de la otra, pero disimulo muy bien mi propia ignorancia).

La mayoría de los menores de cincuenta años dedican su jornada laboral a ligar, yo no, por aquello de que “no cagues donde comes” y “no te corras donde…” no se me ocurre cómo terminar el dicho, a ver si algún día encuentro un cierre divertido.

Por ir resumiendo y obligándome a regresar al tema de lo que estaba escribiendo, en otro de los maravillosos ejemplos del éxito que es una cárcel, resulta que se trata de un lugar que está repleto de libros que nadie lee. Los hay por todas partes, en las aulas, en los accesos, en los despachos, en las salas de descanso, en los cajones de los búnkeres de los funcionarios, la mayoría son libros que alguien una tarde, probablemente hace más de diez años, cogió porque se aburrió lo suficiente como para leer un par de capítulos y abandonar en el tercer cajón (siempre están ahí) del mueble más cercano que tenga a mano.

Como quien se va a Sevilla pierde su silla y también como culo veo, culo quiero, considero todos los libros que me voy encontrando de mi propiedad. Así que libro que cae en mis manos, libro que meto en mi mochila. Creo que en un sitio lleno de ladrones, nadie esperaría que hubiese uno de libros, así que plan perfecto y redondo, gracias biblioteca del CP Joves, gracias gnomo mágico o quien sea que va repartiendo libros y escondiéndolos por todo el centro. Casi has conseguido que me guste ir a trabajar.

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